Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

martes, abril 18, 2017

Psicosis en movimiento


Tiempo Argentino
Domingo 16 de abril
Por Fernanda García Lao


Será porque los discursos han muerto, que se escuchan y reproducen solo frases idiotas. Patadas cortas de electricidad, que duran menos que un aviso de laxante. La suma de idiotez constituye este estado de confusión en que vivimos. O debería decir desesperación. Una tristeza con ruido, donde la palabra es un veneno para ratas. Época de pancartas, llamados, timbreos, fotitos y carteles sin continuidad. Ideología liliput, de bolsillo. La misma frase de boca en boca hasta vaciarse como una vejiga. Titulares, porque ya nadie lee más allá de lo evidente. Huellas brutas, pequeños eructos de sentido. Antes, los diarios servían para envolver huevos. Ya no. La pantalla es inservible. Y da esa sensación de ficción, de distancia. La noticia nace muerta, apenas una respiración que no coincide con el enunciado. Lo que se dice ya no describe lo que pasa. Para no trollear en los medios, nos queda poner el cuerpo en la calle. Pero entonces se cuenta el asunto como ganado. El que va, fue llevado. Cuántos cuerpos movilizás. De qué tamaño es tu bandera. Las señoras finas dicen que van solas y que su concentración es genuina. Y libre. Éramos muchos, dicen, pero no somos de quedarnos en la calle.

Es de madrugada y subo a un taxi. Pasé la noche viajando en micro. El libro de Joan Didion me duró dos horas y el cielo se caía de negro. Me cuesta dormir en movimiento, la velocidad me pone en estado de alerta. La calefacción y el encierro se agolpaban en mi garganta. Sin señal en el telefonito. Entonces el cuaderno, recurso desesperado. Si desespero, que sirva para algo. Aunque ese algo sea literatura. Enseguida aparecen personas que no existen, voces que sugieren desvíos que no entiendo. Escribo porque no puedo parar el micro en el medio de la nada. Y porque la realidad me aturde. No es escape. Es reivindicación.

Desde el poder, envían frases como dardos que no dan en el blanco pero que en la suma construyen lo que nadie se atreve a decir de corrido. Empleados sin tiempo ni agallas para erigir de una vez un discurso acorde con sus intenciones dicen su frase y se esconden para que pase el que sigue. Ideas mal traducidas, como de Google, para salir del paso. Cadáver exquisito, más cadáver que exquisito, del que nadie es autor. Esta crisis no acepta firma. Pero parece un plagio. Esta crisis ya la vi.

El taxista me pregunta a dónde voy pero no escucha mi respuesta. En el espejo delantero ha instalado una pantallita para no ver, y un par de chinos se lastiman entre piruetas. Le repito la dirección justo cuando una china vestida de rojo, los hombros al aire, dice con acento español: "No te preocupes, estoy aquí contigo". El espejo retrovisor no sirve para mirar atrás. Cumple otra función. La distracción del espacio y del tiempo. Llueve sobre la costa y la arena ha creado olas endurecidas como serruchos.

Toda la semana leí las mismas cosas, el terror ahora se toma como licuado. En vasito descartable. Nadie se atreve a ser espantoso sin disfraz ni a asumir las consecuencias de sus acciones. Hay que parecer buena y sonreír, aunque te cueste todos los paros. Hay que pedir sacrificios sin asumir que se reclama desde el confort de la residencia. Hay que torcer los bracitos del pobrerío sin que se note el crack. Bofetadas sin marca aparente. El dolor que vaya por dentro.

Si la palabra grieta apuntaba a distinguir dos modos de entender la política, ahora designa otra cosa. Tal fisura se ha trasladado al campo del lenguaje. El significante no coincide con el significado. Desde el poder se dice desconocer el motivo de las huelgas, de los paros, marchas, movilizaciones, reclamos. ¿Por qué hay un paro general, señor presidente? Ni idea. No hay capacidad para leer lo que acontece. No sabemos si tal analfabetismo es impostado o genuino. Pero es bastante psicótico.

La noche tiene algo para decir pero no se escucha. Rumia el viento sobre nuestras cabezas pero qué nos importa. El tachero maneja despacio, con un ojo afuera y otro adentro. Yo me refugio en el cuaderno. Mueren tres chinos justo cuando el taxi llega a destino. Me queda una frase lisiada, para después. A juego con los tiempos.


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viernes, marzo 31, 2017

El mar sucede todo el tiempo


Revista penúltiMA

Los que han crecido junto al mar, la mayoría de la humanidad según las últimas estadísticas, no tienen ni idea de cómo vive la relación con el mar la gente que se ha criado sin tenerlo cerca. Muchas veces la relación es tan complicada que sirve como metáfora del deseo, que tanto miedo da al comienzo, y en el que uno termina sumergiéndose con total desparpajo. Y, quizás, lo termina convirtiendo en parte de su rutina. O no.

Por Lao

1

No recuerdo la primera vez que lo vi. Mi horizonte era la cordillera de los Andes, ese objeto sólido y permanente, frenado. De color celeste, porque a la distancia tiene ese color, como una ola endurecida desde la cresta. Pero debe haber ocurrido que llegamos a Chile, porque la costa argentina quedaba muy lejos, y ahí estaba: el Pacifico que no recuerdo. Aunque me esfuerce no encuentro el registro de esa sensación. El mar por primera vez. Sólo tengo una foto con sombrerito de paja y bikini sobre el pañal, en Viña del mar. Lejos de la orilla. Estoy mirando una piletita redonda un poco más grande que un inodoro. Lo que sé es que mi padre, por algún motivo que desconozco, era jurado del Festival de Viña del mar ese año y que una noche tocó una banda de rock de origen sueco. Y entonces lo vi, a pesar de mi corta estatura. El guitarrista usaba pantalones rojos. Cuando terminó el show pedí que me llevaran al camarín. Y recuerdo, eso no lo olvido, que el sujeto en cuestión me aupó y yo sentí que íbamos por buen camino. El mar, entonces, fue como el amor: extranjero, imposible. Lo nuestro no duro ni cinco minutos.



2

Por fin a los ocho conocí el Atlántico. Viajamos en auto desde Mendoza hasta San Clemente. Fue como ir a la luna. Un viaje interminable en un Fiat 128 con cinco personas adentro. El hotelito no daba al mar ni tenía vistas. Recuerdo sobre todo la escalera. Subir y bajar con bártulos playeros. La calle principal, los apretujones, el olor a bronceador y la visión del turista como una caterva transpirada llena de tentáculos. La única salvedad, un pibe que se hospedaba en el mismo tres estrellas que yo. Daniel vivía en la calle Yapeyú. Eso dijo. Y mucho después, cuando pensaba en él, aparecía San Martín en su casa de Corrientes, y automáticamente a caballo en la cordillera. Otra vez esa pared, mi horizonte primero. Ni un beso con el tal Daniel, pero kilómetros de fantasía. Exactamente, mil trescientos veintiocho de regreso a casa.



3

Habrá sido por vengar mi indiferencia o para castigar mi exceso de romanticismo idiota. No sé. Pero el mar se tomó revancha conmigo. Mi padre se ahogó en el Mediterráneo cuando yo tenía dieciséis. Me guardo los detalles. El duelo parecía interminable.

Prometí no introducir un pie nunca más en esa fiera, ese fraude irracional que seduce con espuma y contemplación y mata sin inmutarse. Me hice punk, no volví a pisar una playa vestida de bañista. Estuve cerca, a las puteadas, vestida de negro desde los tobillos al cuello. Blanca y frenética, con un nudo en la garganta. Cannes, Niza y Mónaco. Playitas de mierda, pensé. Pura piedra y pose lánguida de revista. Pasé por Brasil y me pareció detestable. Felicidad caníbal. En medio de una isla, hotel cinco estrellas, contemplé el suicido. Pero el sol iba a competir con la oscuridad de la maniobra. De México, me sedujo el Huachinango al mojo de ajo frito, las cervezas y la sombra. Impecables las sombrillas. También la adrenalina que me produjo estar cerca de colisionar contra los edificios de la primera línea de playa cuando el viento cambió de rumbo y mi paracaídas y yo éramos arrastrados por una lancha sin freno.



4

El odio se fue licuando, como la pena. Y el mar perdió su drama. De vuelta en Buenos Aires, me hice asidua a las playas en invierno. Hoteles con olor a humedad, vacíos. La sordina fría de las olas y la huella de mis borceguíes sobre la arena. Ese tipo de paisaje fantasmal, con sudestada incluida, que serena. Sombrillas apretadas en la cintura como gordas conteniendo la respiración. Sillas apiladas, sentadas unas sobre otras. La debilidad del sol. Ir en auto hacia allá como quien se introduce en un sueño, en el vacío. Ostende, Valeria del mar. Oscilé entre Punta Indio, donde el río se disfraza de océano, y Punta Desnudez, en el otro extremo. Los vértices ilusorios de la provincia de Buenos Aires. En Orense el sol desobedece la lógica. Sale y se pone en la playa mientras las nubes se vuelven rojas, violetas. El viento compite en extravagancia y desarma la realidad, los médanos, la memoria. No hay caracoles sino piedras negras. Descalzarse, aunque haga frío. Pisar la arena blanda, abusar del sonambulismo que el mar provoca.



5

Cómo fue que volvió a seducirme, no importa. Pero hace casi cuatro años que mi vida ocurre entre Villa Gesell y Olivos. Que arrastro arena desde la orilla hasta la cabaña de mi compañero. Y de ahí a mi casa. Que caminamos por la borde mientras la fiera nos mira, silba y se contonea. Le gusta llamar la atención. No diré que no le temo. Pero al pavor hay que agarrarlo suavemente de los pelos. Un pie, el otro. Todo el cuerpo en el agua. Tirarse sin toalla en la arena. Entrar y salir hasta el agotamiento, cuando todavía no hay nadie. Y darle la espalda cuando llega enero, con sus sillas y heladeras. Desde la cabaña no se escucha el zumbido, pero es como la respiración. O el amor. El mar sucede todo el tiempo.




Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) es escritora, dramaturga y poeta. Su adolescencia y juventud las pasó en España,así que, atendiendo a la opinión de Max Aub, ella sería española. Su obra, en todo caso, es profundamente argentina y se extiende en libros como Muerta de hambre, La piel dura, Cómo usar un cuchillo, Fuera de la jaula o Amor invertido (este escrito junto a Guillermo Saccomano), entre otros. Su libro más reciente es el poemario Carnívora.

Personae es la sección que habla, como su nombre indica, de las máscaras, tanto las ajenas como la propia, porque todo texto autobiográfico está preñado de ficción y todos los textos ficcionales han brotado de las semillas de nuestra experiencia. Muchas veces la mejor máscara es la del rostro propio.

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miércoles, enero 04, 2017

Retrato de Alfonso en su corcel


Verano12. Página12
Miércoles 4 de enero de 2017

El cuento por su autor
Por Fernanda García Lao

Quién hubiera sido yo, si en cuarto grado no aparecía en España como eyectada por el exilio. No sé, pero mi imaginario sería otro. No tendría este rumor de monarquías pestilentes que pueblan mi sesera.
Tuve una profesora de Historia que en lugar de batallas nos narraba intimidades, colapsos e intrigas desde principios del siglo XV, cuando existían cuatro grandes reinos: Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, hasta el regreso de la monarquía tras la muerte de Franco. Yo volvía de clase muy perturbada, en el buen sentido. Supongo que las visitas al Museo del Prado también hicieron su trabajo. Las Meninas y sus caritas decadentes, el primer retrato español de una familia real viva, la riqueza,los perros y la hemofilia, me habían causado un gran impacto. La puerta abierta del fondo y el espejo me dieron la sensación de presenciar algo más que una imagen. Estaba frente a un abismo. Con La familia de Carlos IV, ese lienzo de Francisco de Goya donde opta por no disimular la fealdad de sus retratados, me sentí horrorizada. No por lo poco agraciado del grupo, sino porque uno de los infantes, Francisco de Paula Antonio de Borbón, el hijo menor del rey, miraba directamente a los ojos de quien se detuviera frente al cuadro. Lo que hace el infante es atravesar al observador con sus ojitos movedizos e implacables, a izquierda o a derecha. Curiosamente, la salida del joven príncipe en un coche de caballos, abandonando el Palacio Real, fue el detonante para iniciar el Levantamiento del Dos de mayo de 1808, también retratado por Goya.
De aquellas jornadas infantiles, del travestismo histórico del que fui víctima, ha de ser heredero este cuento. Porque su escritura apenas me tomó unas horas.


Retrato de Alfonso y su corcel



Nunca hubo corona sobre este cráneo. Nací con el don de la prudencia. Mamá era una reina perezosa. Se levantaba tarde, la bañaban entre tres. A papá, la panza le pesaba más que sus obligaciones. Dirigir el destino de su pueblo le daba hambre.

Ser el segundo me dejó sin tarea. Alfonso, el primogénito, había llegado un año antes que yo. Todo le pertenecía. Las sobras del reino serían para mí. Pero en estas costas no hay demasiados recursos. Lluvia, viento y salinidad exagerada. Las joyas de los barcos fueron vendidas mucho antes de nuestros nacimientos. El abuelo devoró crudo al último pirata que se aventuró hasta acá y desde el siglo pasado que no hay sorpresas. Por eso a papá lo casaron con la ociosa del reino más cercano. Mi madre.

La cuna de Alfonso me correspondió en herencia. Entonces, los primeros olores fueron suyos. Leche agria que impregnaba los encajes, las sabanitas. Sus vómitos pasados arrullaban mis sueños. Las tetas de Angustias, la nodriza, ya habían sido succionadas. Sin embargo, yo encontraba cierto gustillo novedoso en aquellas mamas fecundas. La leche nunca es la misma leche, diría Heráclito.

No supe ser salvaje. Mi secretario de motricidad fue contratado para ayudar en mi aprendizaje, pero pasaban los meses y yo me negaba a comer con la mano. Los manjares eran semi masticados por el secretario para evitar mi inanición. Mientras deglutía una pierna de cordero que sabía a boca ajena, contemplaba a Alfonso practicar sobre su pony de madera. Se balanceaba con furia, clavando los talones sobre aquel cuerpo áspero.

A los tres años, lo subieron a uno de verdad y a mí tocó el falso. Mis cabalgatas eran lentas, mezquinas. Me encandilaba frente al paisaje seco del tapiz del salón de juegos, oscilaba fuera del tiempo. Entretenido por el chirrido ambiguo de un caballo enano que no sabía avanzar.

El heredero -mientras tanto- emergía y se ocultaba lejos de los ventanales, apurado en su carrera al aire libre. Corría hasta la última fuente de la pradera artificial que había diseñado un francés para nosotros. Iba y venía envuelto en pieles, transpirado, húmedo. Como su caballito defecaba sobre las rosas de mamá, cada vez eran más grandes, primitivas.

Desde muy temprano entendí la matemática, el latín y otras ciencias inútiles. Alfonso era lerdo hasta en las sumas simples, pero qué equilibrio. Dominaba su cuerpo con tal soltura que a los cinco ya practicaba tiro al pato, arco y lanzamiento de martillo con la facilidad de quien se ata los cordones con una mano. Pronto le correspondió un caballo árabe casi tan alto como papá. Mientras yo leía a Plotino y sus realidades derivadas, Alfonso se aventuraba hasta los límites más oscuros del reino. Volvía cada vez más indomable.

Una mañana de invierno en que las fuentes amanecieron heladas, Alfonso pidió a gritos su caballo, a pesar de las alertas. Mamá tomaba un baño en la torre norte y papá había salido con la excusa de alguna guerra. Nadie pudo detener a mi hermano.

El cielo estaba oculto tras nubes oscuras, idénticas, cuando subió a la cabalgadura. Un rayo laceró el cielo. Alfonso tiró con tanta fuerza de las crines, que su caballo se encabritó. Desbocados ambos, atravesaron los vidrios del jardín de invierno y terminaron sobre la colección de cactus americanos de mamá. La imagen me impactó por su belleza, no podía abandonar la contemplación.

Al equino lo sacrificaron enseguida pero el embalsamador del reino lo dejó impecable. En su nueva faceta de caballo eterno me fue donado. Me asustaban un poco sus ojos duros como almendras sin pelar, los músculos tensos. El gesto pasivo de la muerte. Pero tenía pelo. Y olía salvajemente.

Aunque Alfonso respiraba, no pudo mover las piernas. Vinieron médicos de otras latitudes a sanar sus heridas. Los miembros inferiores le fueron entablillados y embadurnados con yeso.

Mientras tanto, yo estudiaba qué hacer con su caballo. Una tarde logré subir a la montura plateada con la ayuda de tres lacayos y una escalera. Ya no quise bajarme. Tomaba allí el almuerzo, mis lecciones de latín. Algo de su sangre fiera resistía bajo el formol inyectado.

Lo hice ubicar en mi dormitorio, apuntando hacia el precipicio del lado sur. El animal y yo éramos una parábola del ocaso como principio místico.

Cuando por fin retiraron el yeso, las piernas de Alfonso eran dos palitos sin energía, flojas y desnutridas. El torso había crecido desproporcionado. Ya no era capaz de caminar sin ayuda. Bañaron en oro una silla, le pusieron ruedas y ahí lo sentaron, hasta el final de la adolescencia.

Su natural arrojo fue sustituido por el malhumor típico de los lisiados. Pedía ser reubicado en distintos salones porque se aburría. Atrás iba un lacayo borrando las huellas de grasa. Los suelos de palacio estaban repletos de marcas, cambios de dirección. Como la silla lo incitaba a las zonas bajas, su carácter se tiñó de rarezas. El servicio lo esquivaba en cuanto se quedaba dormido. Pedía ver coitos ajenos e incitaba a las criadas a que le mostraran los pezones. Fueron años de tortura. Mamá simuló sordera. Papá decidió embarcarse en busca de esclavos africanos, sólo para mantenerse lejos. Yo resolví aplicar mi mente en dirección contraria a los sentidos. Leía hasta que no había velas.

Una noche, sorprendí a Alfonso llorando. Se negaba a volver a la silla mientras torturaba a su valet con un rebenque. Decidí ocuparme de él. No fue ternura sino egoísmo. Sus lamentos entorpecían mi lectura.

Le diseñé un corsé fijo con dos patas laterales para que se mantuviera en posición erguida. No es bueno que un príncipe se tuerza. De lejos, hasta parecía elegante. Pero el andador era aparatoso y las burlas no tardaron en inundar el reino. Incluso mamá se rió de él un día en que decidió mirarnos. Estaba muy desmejorada. Había envejecido tanto que no recordaba nuestros nombres.

Llegó el verano. La noche más corta coincidiría con el cumpleaños número dieciocho de mi hermano. Papá regresó a salvo de sus tropelías, con cientos de esclavos. Al ver a Alfonso de pie, decidió que era hora de festejarlo.

Se elaboraron listas de invitados con lo más fétido de la realeza internacional por orden alfabético: marqueses pútridos, condesas descalabradas, archiduques de conducta retorcida, en suma, seres disfuncionales con escudo heráldico. Y, por supuesto, Margarite. La princesa que, desde la cuna, le pertenecía a Alfonso.

Mi padre decidió que lo mejor sería embutirlo en una armadura con movilidad propia, antes que pasar apuro frente a tanto imperio. Por eso contrató a un ortopedista checo de gran popularidad, el ingeniero óseo Leopoldo Topocèk.

Llegó de madrugada, tres meses antes del natalicio de mi hermano. Su coche era manejado por un caballo de chapa negra, de silueta finísima. Los cascos eran mínimas ruedas de giro infame. A pesar de la hora, entendí que su llegada era un umbral hacia el futuro. Atrás quedaba el mundo de la materia primitiva.

Una mezcla de pavor y de euforia se apoderó de nosotros. Los criados no sabían cómo alimentar a aquel caballo sin boca, pero fueron instruidos. Topocèk solicitó aceite de maíz y silencio. Escuchó los requerimientos de papá, hizo un gesto con los labios y se abocó a su tarea. Se instaló en las caballerizas abandonadas. Desde la aparatosa caída del sucesor al trono, papá había prohibido los equinos en todo el territorio.

Topocèk permaneció encerrado en los establos. Sin señales de él por varios días, las bandejas rebosantes de alimentos eran devueltas limpias, lo que nos daba la certeza de que continuaba existiendo.

La fecha del cumpleaños de Alfonso se aproximaba. Los nervios conducían a papá hasta las caballerizas varias veces al día, pero el checo no le franqueaba el paso. Cuando su cabeza estaba a punto de perderse a instancias del verdugo del reino, Topocèk hizo llamar a mi hermano. Nadie más tuvo acceso.

Mientras tanto, los esclavos construían un salón de baile nuevo. Los espejos, querubines, mármoles y candelabros venían desde lejanas fortalezas saqueadas por papá.

Por fin, llegó la noche. Esta. Si me ubiqué detrás de los cortinados, no fue por timidez. Tenía un mal presentimiento.

Cuando el reloj canturreó ocho veces, los músicos detuvieron la ejecución de un vals para acrecentar el silencio. Dos criados negros abrieron las puertas y arrastraron una armadura hasta el centro. A modo de brevísimo striptease, retiraron el yelmo y las manoplas. Ahí estaba Alfonso. En lugar de escarpes o espuelas, los pies parecían cascos que no tocaban el suelo. Los invitados giraron atónitos sus pupilas, varias bocas se abrieron. Hubo excitación, aplausos. Estaba erecto sin ayuda, sus piernas, dos postes de acero.

La armadura fulguraba cuando Alfonso tomó de la mano a la princesa Margarite y la atrajo hacia sí, con decisión bien actuada. La orquesta desplegó sus violines, los criados negros salieron hacia sus pocilgas y Topocèk apretó un botón.

Los novios comenzaron a girar. Parecían dos seres a cuerda, una pareja sobre una caja musical. Era hermoso verlos. Las rotaciones cada vez más cerradas. Sus figuras perfectas. Más rápido, gritaron los cortesanos a coro.

La aceleración convirtió la trenza de ella en un látigo. De pronto, iban más rápido que los relojes y sus segunderos, que las aspas de un molino agitadas por el céfiro. Sus cuerpos se fundían con tal velocidad que no había forma de entender quién era la princesa, quién el caballero. Los músicos pasaron de las semicorcheas a las fusas y de ahí, al desconcierto. Tiraron los arcos al suelo, presas de un vértigo contagioso. Las damas estaban descompuestas.

Papá, colérico, batió palmas, pero Alfonso no podía detenerse. El futuro conspira contra la monarquía, gritó. Su voz daba miedo. Topocèk comenzó a manipular los botones con desesperación. No le respondían. Amargado, los estrelló contra el suelo.

Por fin, los giros se hicieron más lentos. Los cuerpos recuperaron definición. Y la vimos. La princesa había perdido la conciencia. Colgaba del brazo de mi hermano como un ramillete de rosas vencidas. Baba roja manchaba el brocatto marfil de aquel despojo. Fue su guardia quien terminó de desarmar, a la fuerza, aquel círculo perverso. Alfonso estaba pálido y cayó al suelo, los ojos perdidos en sus cuencas. Fue despojado del espaldar, de las hombreras. Lo pelaron como a un crustáceo. Margarite fue trasladada a su carricoche. Los invitados se dispersaron hacia los jardines, en corrillos.

Entonces se supo. La princesa no respiraba. Enseguida se escucharon amenazas. Sus caballeros encolerizados saqueaban nuestro reino. A Margarite la vengaron con la misma velocidad con la que había muerto. Alfonso fue privado de su garganta hace escasos instantes. Mis padres crepitan junto al checo en una espantosa hoguera. Todo es humo y desesperación. No pude despedirme de nadie. Pero logré subir a mi alcoba. Trabar la puerta.

La chusma negra entretiene su furia en la planta baja. Escribo entre gritos, con el hedor de mi propia carne vulnerada. Ya vienen. No hay tiempo para revisar mi prosa. Escondo estos papeles bajo la montura de plata. Cierro los ojos. Cabalgaré hasta el último acantilado de la realidad sobre su caballo muerto.


Ilustración: Miguel Rep

martes, diciembre 13, 2016

Agua Viva



Presentación con lectura en vivo del cortometraje en super 8 Agua Viva, de Luciana Flogio.
Museo de la Lengua
La hora de Clarice, 2016
Buenos Aires

lunes, diciembre 12, 2016

Una obra literaria lanzada al futuro

LA HORA DE CLARICE, HOY EN EL MUSEO DEL LIBRO Y DE LA LENGUA
Se trata de una jornada internacional multidisciplinaria dedicada a la notable escritora brasileña Clarice Lispector. En Buenos Aiers habrá música, danza, performances, lecturas, instalaciones, teatro y talleres para niños, entre otras actividades.


Página12
Por Silvina Friera

La intensidad del extrañamiento prolifera en el mundo, como si el futuro fuera un soplo de introspección condensado en su obra. Clarice Lispector exploró la intimidad en carne viva, como quien desembarca en una ciudad desconocida con un leve aire de distracción y no le queda más remedio que extraviarse con las impresiones y los pensamientos, con ese torbellino de ambiguas experiencias que le estallan en las retinas. Los fogonazos de intuiciones, cierta dicha embriagadora del contacto con la “salvaje” naturaleza —”sólo quien teme su propia animalidad no gusta de los animales”, aseguraba esta mujer que adoraba a los gatos y le gustaba observar a las gallinas—, la emergencia de una modesta verdad que jaquea un puñado de certezas, expresan una especie de exceso de “modernidad” literaria para las décadas del 40 y del 50. “La hora de Clarice”, una jornada internacional multidisciplinaria de música, danza, performances, lecturas, instalaciones, teatro y talleres para niños, entre otras actividades, dedicada a la excepcional escritora brasileña, vuelve hoy por cuarto año consecutivo al Museo del Libro y de la Lengua, organizada por los mismos clariceanos de siempre, Carmen Güiraldes, Constanza Penacini y Gonzalo Aguilar, con el auspicio de la editorial Corregidor y la embajada de Brasil.

“La obra de Clarice conecta con una sensibilidad que no se da solo en nuestro país. En distintos países de Latinoamérica, también en Estados Unidos, donde se publicaron sus cuentos completos por primera vez el año pasado, y en Europa –no tanto en España, pero sí en Portugal donde se ha dado una especie de rescate– está ocurriendo un fenómeno similar. Su obra conecta con una sensibilidad de nuestro tiempo”, plantea Penacini a Páginað12. La jornada comenzará a las 16 con la proyección del film Agua viva de Luciana Foglio y lectura en vivo de Fernanda García Lao. Se podrá recorrer una muestra de la fotógrafa jujeña María Ester David. El colectivo in medias res, integrado por Florencia Walfisch y Pablo Bronzini, desplegará una instalación de piezas textiles, música y audio con textos de Clarice. Habrá una mesa crítica con Lucía de Leone, Nora Domínguez y Laura Cabezas; lecturas de Mariana Docampo, Hernán Ronsino, Martín Hain, Vanesa Guerra y la poeta y traductora Teresa Arijón. La danza llegará a través de los cuerpos de Patricia Fabian, Inés Saavedra y Andrea Servera, quienes interpretarán Un día en la vida de Teresa Quadros y sus amigas. Teresa Quadros es el seudónimo al que apeló la escritora brasileña para publicar los textos de la página femenina “Entre mujeres”, en los que daba consejos referidos a la moda, dieta, postura del cuerpo, economía doméstica, y hasta recetas de cocina como buñuelos de queso. Además se presentarán dos performances inspiradas en el universo de Lispector: Si yo fuera yo -tres mujeres de generaciones diferentes que se encuentran para celebrar lo inesperado y ensayar preguntas acerca del paso del tiempo- de Marina Quesada; y Las verseras, con Lorena Croceri y Kika Simone.

Clarice nació en una aldea de Ucrania llamada Tchechelnik, “que no figura en el mapa de tan pequeña e insignificante”, el 10 de diciembre de 1920. Su familia llegó en marzo de 1922 a Maceió, el nordeste de Brasil donde tenían parientes. En la década del 40 publicó su primera novela, Cerca del corazón salvaje. Después continuaría con Lazos de familia (cuentos), La pasión según G.H. (novela), La legión extranjera (cuentos y crónicas), Felicidad clandestina (cuentos) y La hora de la estrella (novela), entre otros títulos. “La obra de Clarice es profundamente actual. Se hizo preguntas y se lanzó a un tipo de experimentación formal que no fue bien leída en su contexto de producción. Por el contrario, las generaciones siguientes encontraron en Lispector un lenguaje, unas formas narrativas y una sensibilidad que respondía a su época. En este sentido podemos pensar la obra de Clarice en su carácter proyectivo, siempre lanzada hacia el futuro”, reflexiona Penacini.

No podía faltar la música en “La hora de Clarice”; estarán Gaby Comte y Sol Wenceslada; y los chicos tendrán talleres de lectura y de máscaras, como el que ofrecerán Fernanda y Paula Pampín a partir de El león ya no quiere rugir (Corregidor), libro de Paulo Valente, uno de los hijos de Clarice, ilustrado por Irene Singer. “Clarice propone una experiencia vital. Resulta muy sintomática la llegada que tiene a otros lenguajes artísticos y a otras disciplinas. Hay innumerables músicos, artistas plásticos, bailarines, actores que trabajan a partir de su obra. Que encuentran allí el germen de algo que late y que puede prosperar en sus propias experiencias artísticas –advierte Penacini—. Del mismo modo, en el ámbito de la filosofía, la antropología y el psicoanálisis aparece Lispector una y otra vez iluminando zonas que condensan buena parte de las reflexiones contemporáneas. Se trata de ideas que Lispector describe, explica y luego pone a funcionar en su propia escritura”.

domingo, noviembre 13, 2016

"La actitud del artista es la del hambre que no se aplaca"

Conocida como narradora y dramaturga, acaba de publicar un primer libro de poemas.

Por Mónica López Ocón
Domingo 13 de Noviembre de 2016
TIEMPO ARGENTINO



"Las palabras son más que un cuerpo: / el sonido / llama al diablo / que duerme en cada una / no hay modo de descifrar / si la locura se ocultará en algún pliegue / pero ni el miedo me salva / del vicio de verlas llegar.", dice Fernanda García Lao en Carnívora, el libro de poesía recientemente editadopor la Editorial de la Universidad de la Plata (Edulp). Como en su narrativa, García Lao, literalmente, "les pone el cuerpo" a las palabras, quizá porque, como ella misma lo dice, las palabras también son un cuerpo y por lo tanto son capaces de ocultar la locura en algún pliegue, de lastimar, devorar, acariciar, deglutir...

Carnívora es su primer poemario publicado, porque mientras no consideró que se identificaba y se reconocía en los poemas, estos durmieron el sueño de los justos en el cajón de su escritorio. Mientras tanto, ella seguía investigando y probando en el “laboratorio de la lengua” (palabras de Hernán Ronsino) nuevos menjunjes y pócimas secretas, haciendo caldo de palabras en el caldero de una bruja, agregándoles plumas de búho a los verbos y moliendo los sustantivos en un mortero de piedra para que sus sentidos se dispersaran en el viento hasta que consideró que sus poemas estaban en condiciones de salir de la cueva.

Casi en simultáneo con la aparición de su poemario, se reeditó Muerta de hambre (Emecé), novela escrita y publicada originalmente en 2005, que estaba totalmente agotada. El hecho de leer dos libros de géneros distintos escritos en épocas diferentes resulta un buen ejercicio que permite comprobar que la materia con la que escribe García Lao sale de un mismo laboratorio pero que quizá una fórmula no revelada las ha dotado de la posibilidad de vivir en géneros distintos sin perder su esencia.



–Hay algo, orgánico, devorador, carnal en tu escritura. Podría decirse metafóricamente que hacés una literatura “no vegetariana”. Sin embargo, sé que periódicamente dejás de comer carne.

–Sí, muchas veces he dejado de comer carne y siempre he vuelto, la última vez porque tenía una anemia bestial. Y lo hice con toda la conciencia de lo que estaba devorando. La opción era inyecciones o hígado, y el hígado es tremendo, un espanto, pero más orgánico que una inyección. No me gusta medicarme. No soy adepta a la medicina tradicional ni a ninguna otra. Creo mucho en la potencia del cuerpo y en lo que el cuerpo tiene que decir. Por eso es mejor no taparlo, sino dejar que se revele.

–No es algo que tenga que ver con la salud, sino una actitud literaria.

–Sí, tal cual, es un gesto poético. Mi actitud con todos los actos de la vida es literaria. Por otro lado, creo que la palabra es un cuerpo. Recuerdo de chica haberme quedado hipnotizado con esto de que “en el principio fue el verbo”, como si la palabra hubiera puesto en funcionamiento el mundo, la existencia. Supongo que la palabra me ayudó a crear mi propia identidad, que se vio bastante tajeada con los exilios involuntarios. No sabía quién era yo y la ficción me parecía más real que lo que me pasaba.

–¿Por qué tuviste varios exilios?

–Los exilios no se gestan de un día para otro, son proceso, valga la palabra espantosa. Soy hija de una española y un argentino. Mi madre fue la primera que estuvo fuera de lugar cuando se quedó acá y nacimos nosotras. Había siempre una tensión entre esos dos lugares. Íbamos a España bastante seguido. Ella tenía la necesidad de regresar. El viaje comenzó en el '74 porque mi padre era el productor de los noticieros de Canal 7 de Mendoza. Isabel estatizó los medios y mi padre se quedó literalmente en la calle. Entonces mis padres comenzaron a fantasear con irse. Luego los acontecimientos tomaron una velocidad inesperada y en 1976 a mi padre le ofrecen dirigir la carrera de periodismo a cambio de marcar docentes que trabajaban allí. Le mostraron la lista donde él estaba “limpito”. Él se negó y lo dejaron encerrado en dependencias militares para que lo pensara. Insistieron y él se negó tres veces. El primer día del golpe se lo habían llevado a Antonio Di Benedetto, que era compañero de mi padre, del diario Los Andes de Mendoza y las perspectivas eran negras. Cuando logró salir del círculo vicioso del “vuélvalo a pensar” y “preferiría no hacerlo” llegó a casa y dijo “nos vamos”. Hubo que vender la casa. El comprador pagó una parte en plata y la otra con un departamento y nos fuimos con esa plata y el departamento quedó. En España mi padre no tenía contactos, no conocía a nadie. Empezó a colaborar en Radiotelevisión española y luego en El País, donde escribió una reseña de Zama. Mi madre vendió el departamento y todos los objetos que no eran imprescindibles quedaron en la casa de mi abuela, que una mitad estaba contruida en adobe. Nuestras cosas quedaron en la parte de adobe y cuando fue el terremoto de Mendoza, esa parte se derrumbó, literalmente, sobre nuestra historia. No quedó pasado. El único vestigio estaba en lo que nos habíamos llevado. Mi padre murió en un accidente. Yo viajé una vez a la Argentina, pero no me adapté. Ni siquiera pude ver a mi abuela porque en mi familia todos son literarios y mi tía había hecho un relato en espejo de Cortázar y había escrito cartas como si fuera mi padre para no decirle que él había muerto. Creo que por mi historia estaba condenada a la escritura. Volví a Madrid pero no encontré allí nada de lo que había dejado. Para mí, regresar a la Argentina era volver al padre y mi padre era la escritura, la palabra y la comunicación. Ya no tenía patria ni padre, pero tenía palabra. Mi cuerpo era mi único espacio propio. Estudié actuación y danza clásica y así mi cuerpo se convirtió en mi primer instrumento. No sé por qué se empataron el cuerpo y la palabra. No sé si esto ya estaba o se produjo cuando regresé. Yo ya tenía una fascinación por el objeto libro. En mi casa había una gran biblioteca alimentada no solo por mi padre, sino también por mi madre que es poeta. Creo que lo primero que leí fue teatro. En casa jugábamos a escribir obras. Y en el teatro, la tragedia pasa por el cuerpo. Pero fue muy liberador dejarle ese espacio a la palabra pura. Sentía que debía hacerme a un lado y que las cosas se dijeran sin mí, si es que eso fuera posible. Y, sí, hay cierta furia en mi decir, como si necesitara decir que estoy viva, estoy acá. El género poético me da la posibilidad de evadirme del personaje, de la instancia más ficcional y aprovechar ese otro costado de enorme potencia, oscuridad y brillo que encuentro en la palabra.

–¿Cómo fue el proceso de escritura de Carnívora?

–Te diría que se fue escribiendo. Nunca estoy con un solo proyecto. Ahora estoy escribiendo otro libro de poesía, a la vez corrigiendo una novela y también tengo cuentos. No puedo separar, para mí es todo parte de lo mismo, es como un laboratorio abierto. Voy depositando las cosas que voy encontrando en distintos lugares, algunas van en tubitos de ensayo y otras en cacerolas enormes. Lo que tiene la poesía es que es como un regreso a mí porque es en primera persona. No sé cómo abordar los poemas colectivos. En la poesía hay algo de la intimidad y de la sorpresa. Lo que me pasa con la poesía es que las palabras me aparecen ya engarzadas.

–Es distinto del trabajo de picar piedra de una novela.

–Sí, y es algo de la inmediatez, como si dibujara a mano alzada con un carboncillo. Lo otro requiere otro trabajo, otro despliegue, hay perspectivas. En la novela hay que ponerse a laburar más espacialmente. La poesía me da permiso para no ser lineal, para no tener que seguir una trama. En realidad, para mí las tramas casi siempre son excusas, y liberarme de la excusa es escribir sin red y con el vértigo que da la miniatura porque al poema hay que resolverlo de inmediato, si bien uno luego regresa a él. Claro que hay algunos más jodidos que otros. Si bien me dejo llevar muy locamente detrás de la palabra y me gusta darme el permiso de lo automático surrealista, creo mucho en la instancia de la corrección. Cuando puedo desplegar lo que tengo luego vuelvo con un afán más racional a quebrar algunos huesitos a cortar, a ver. Me gusta sentir que es algo plástico lo que hago. Me gusta que no se cristalice. Siendo atea, creo que en la poesía hay algo del orden de lo místico. Lo doméstico no me sirve para hacer poesía a no ser que esté atravesado por el extrañamiento. Me gusta pincelar en el claroscuro porque para que haya luz tiene que haber oscuridad y viceversa.

–Aunque fueron escritos con mucha distancia temporal, tanto en Muerta de hambre como en Carnívora se percibe una escritura hambrienta.

–Es que yo asocio el hambre con el deseo porque, si no tenés deseo, no podés escribir. La actitud de cualquier artista es una actitud de hambre que no se aplaca. Recuerdo que cuando salió Muerta de hambre me hablaban sobre la obesidad y yo no estaba hablando de eso, no sabría hacerlo. Tampoco me impuse un tema. Simplemente se presentó ese personaje y yo intenté dotarlo de mis propias preguntas en relación con la forma, cómo la forma define. En ese momento supe más que nunca del hambre. Después uno olvida aunque continúen latiendo determinadas cuestiones que luego aparecen en el siguiente libro. Cada libro es una incógnita a resolver. Me preguntaron si Muerta de hambre era una crítica al maltrato sobre el cuerpo femenino y yo ahí no hago distinción de género porque la desesperación no tiene género y la literatura tampoco. Con esa novela me pasó algo muy curioso. Me había quedado con un solo ejemplar porque se había agotado y a veces me lo pedían y no tenía ninguno para dar. Busqué en Mercado Libre y encontré un ejemplar a la venta que avisaban que estaba muy subrayado y con anotaciones al margen. Obviamente no pude resistir la tentación de ver los subrayados y anotaciones y lo compré. Es la revancha del escritor, que es leer la lectura que hicieron sobre su libro (risas).

–¿Y cómo fue la experiencia?

–Habían borrado con Liquid Paper el nombre del lector, del dueño. Hice la lectura a través del subrayado y terminé bastante perturbada. Uno sabe que cuantas más interpretaciones tenga un texto, más interesante es. Pero ese subrayado era de una tristeza apabullante.

–¿Por qué? ¿Cómo pudiste detectarla?

–Porque todo lo que yo había construido en relación con ese universo, esa trama, ese personaje había quedado reducido a la mínima expresión. Era el relato de una soledad absoluta de una mujer que lo había perdido todo, que había sido amada y traicionada, y que estaba esperando para morir. No había vestigio de ningún humor porque no había subrayado nada que tuviera humor. Incluso había tachado algunos párrafos, había editado el libro según su parecer como si dijera “esto no va y esto sí”. Lamentablemente nunca pude descifrar la letra de las anotaciones al margen. La mujer que me lo vendió me dijo: “Hay una idea que me carcome: necesito saber si vos sos la autora”. Y claro, yo ya estaba requemada con la dirección de mi mail en el que se notaba que era García Lao, de modo que no pude mentir. Fue un acto un tanto obsceno pero me pareció que le daba un sentido muy interesante a esto de releerse a través de la mirada del otro. Porque una vez publicado, el libro ya no es de uno.

–¿La persona que te lo vendió era la dueña del libro?

–Supongo que sí, de lo contrario no le hubiera carcomido la curiosidad. Lo que pasa es que cuando fui a buscar el ejemplar me atendió un hombre y no la mujer con la que había intercambiado mails y supuse que era ese hombre el que no la amaba (risas). Me armé otra historia paralela. Creo que Carnívora podría ser la lectura desesperada de alguna de mis otras novelas.


–Tus poemas son una suerte de planta carnívora que tiene algo de bello y algo de siniestro.

–Sí, eso de lo bello y lo siniestro resuena en mí. Me acordé de Baudelaire en Una carroña, de cómo él lograba poesía a partir de lo más espantoso. De la tumba de Baudelaire me robé una flor. Es una flor de plástico, espantosa, gruesa como si hubiera mordido algo y hubiera quedado capturado en ella. Creo que mi lectura de Baudelaire tiene mucho que ver con lo que yo entiendo por poesía. Supongo que las primeras lecturas de alguna manera marcan las rutas que hay que tomar y las que no, pero para mí esa contradicción entre el espanto y lo bello funciona como modelo a seguir. Creo que lo siniestro está en todos mis textos, pero no aparece como una amenaza sino como parte del hecho de estar vivo. Me acuerdo muy seguido del cuento de Borges "El inmortal". Creo que no hay mayor vitalidad que la de un entierro.

–¿Por qué?

–Porque hay un deseo de sacarse pronto de encima el asunto de la muerte para no contagiarse de ella.

viernes, noviembre 11, 2016

Niños terribles



Personajes perturbadores de la literatura que son imberbes, bajitos y sienten predilección por lo siniestro.
Kenzaburo Oé, Clarice Lispector, Silvina Ocampo, Horacio Quiroga.

Miércoles 30 de noviembre, 18.30 h
Entrada libre y gratuita con inscripción previa. Cupo limitado
Inscripciones vía mail info@menendezlibros.com.ar o telefónicamente al 4311 6665

sábado, octubre 15, 2016

Homenaje a Di Benedetto



Martes 18, 15 hs.
Sobre Zama, mesa debate.
Charcas 2837, CABA
Entrada libre y gratuita.

“La literatura es un lugar para explorar y explotar"

Es la manera de narrar que la escritora Fernanda García Lao revela en Muerta de hambre, la novela reeditada por Emecé el último julio. En ella, el absurdo y un cuerpo obeso se confabulan para contar la historia de María Bernabé, una adolescente devenida en mujer que devora a la par que interpela.
La entrevista con Rosario3.com

Por Maricel Bargeri


Comer hasta estallar es una de las estrategias que sostiene María Bernabé. Deglutirlo todo –lo que se mastica y lo que no – hasta que la piel se deshilache en su intento de “contener” tanta humanidad.

La (auto) provocación es uno de los tantos intentos que la protagonista de Muerta de hambre, la novela de Fernanda García Lao, revela en primera persona. En la narración, el humor permite asomar a la soledad, el amor, el desamor, el sexo, la comida y lo incomprobable de unos recuerdos.

La editorial Emecé relanzó el título el último agosto, después de que la primera y segunda edición (El cuenco de plata 2005 y 2006, respectivamente) estuvieran agotadas desde hace unos años.

“Es triste para cualquier escritor que sus libros no existan”, dijo Fernanda García Lao a Rosario3.com, para quien "la literatura es un lugar para explorar y explotar; un lugar para ser incorrectos."

Y Muerta de hambre lo prueba.

La autora contó que la idea del libro –Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes– surgió a partir de una experiencia actoral: “Iba a hacer de gorda y me construyeron un cuerpo de gomaespuma. Estaba escribiendo los monólogos cuando, a partir de esa experiencia física tan contundente, empecé a asociar más poéticamente lo que significa el cuerpo, cómo el cuerpo nos narra. Es como ponerse en el lugar: uno implica también una forma. Uno es por su aspecto. Se construye.”

En la trama, el absurdo y la grasa corporal se confabulan para narrar la historia de una adolescente devenida en mujer capaz de pergeñar una venganza contra el mundo –que emparda con las estrafalarias fantasías de Ignatius Reilly– al tiempo que devora todo lo que la rodea, incluso a ella misma. Un cuerpo grueso como instancia discursivo digestiva.

“Creo que cualquier exceso se empata un poco con la carencia. Hay algo muy poderoso en este tiempo que nos toca vivir en relación al cuerpo, al castigo del cuerpo; al cuerpo como objeto de mercadeo. Y creo que una manera de protestar era siendo así de feroz”, sostuvo la también autora de Carnívora (Emecé, 2016), un libro de poemas.

En tal sentido, explicó que “el exceso en la palabra, emparentado con el exceso de grasa, constituían parte de la estrategia poética.”




Escritura, memoria e historias

Muerta de hambre está estructurada en dos partes: vida e “intento de obra”: “Así como ella es inmensa, su obra es mínima”.

Y hay una condición que subvierte cualquier atisbo de culebrón: “Bernabé habla en primera persona y nadie puede negarla.”

Es en esos recortes personales y “su” debate entre lo real, lo posible y lo onírico es que quien lee desarrolla una avidez por la cual no puede (ni quiere) dejar de roer páginas.

Para la autora, resultaba “muy tentador trabajar con ese recurso de dudar de la memoria”: “Me parece que para vivir, vas olvidando. Hay memoria descartable que dura sólo unos minutos. “

Escribir también puede ser una forma de memoria. De hecho, la lectura de la novela le recuerda a García Lao el “espacio” en que fue concebida–una separación– y cómo: “Con el estómago medio apretado y hecho un nudo. Y bastante flaca. Era como depositar en otro cuerpo eso que a mí me pasaba.”

“Yo entiendo así la literatura –continuó–, como un lugar para explorar y explotar; un lugar para ser incorrectos. Todos los temores, miedos y crisis, existenciales o vitales, son materia de mi trabajo. Creo que ser escritor es un poco ponerse a prueba todo el tempo, Si no, no tiene mucho sentido. No es solamente contar historias.”

lunes, septiembre 12, 2016

Poesía a la parrilla



Lectura
Con Felix Bruzzone y Guillermo Saccomanno.
Librería Notanpuan
San Isidro
8 de septiembre 2016

Centro Cultural de la Ciencia


Mesa de Ciencia y Literatura
Coordinada por Luis Capozzo
Con Paula Bombara y Flor Codagnone



Domingo 11 de septiembre 2016

miércoles, agosto 31, 2016

Imposible no caer en esta tentación

Imposible no caer en esta tentación:

Cuando la explosión Auster aconteció en lengua castellana no me interesó. Era un autor excesivamente encantador, alto y yanqui para mi gusto. Su teoría del azar me tenía sin cuidado. Otro norteamericano fascinado por la cultura europea, otro aspirante a intelectual lejos de casa, pensé. Puse en acción el gesto púber de prescindir de él. De dejarlo pasar. Uno también elige a sus autores de cabecera de ese modo. Haciendo abuso del gusto. Con impunidad, seleccionamos despóticamente a quién sí, a quién no. No se lee para quedar bien con nadie.

El tiempo lo puso delante de mis ojos varios años después. Imposible no caer en la tentación. Empecé por La invención de la soledad , ese libro en que Paul Auster se despide de su padre, poniéndoselo encima. “Cuando el padre muere, el hijo se convierte en su propio padre”. Por entonces, yo había tenido mi propio duelo. Ya me había enfrentado a los objetos sobrevivientes, ese espanto, y no había podido ver su cuerpo. No ver el final de mi padre me hizo especular mil veces con su vuelta. El cuerpo y el hombre, dos asuntos. Cosas distintas, escribe Auster. Mientras él encontraba otras versiones del suyo, el álbum vacío de su familia, yo imaginaba pliegues del tiempo en los que el mío existía prescindiendo de su pasado, es decir de mí. Un padre atrás, otro adelante. Encontré no sólo una ficción en torno a la pérdida, sino un libro que contenía distintas especulaciones sobre la memoria “el espacio en que una cosa sucede por segunda vez”, la evocación del pasado como infierno, la certeza de que la distancia es una segunda piel.

En La trilogía de Nueva York, Auster tensa los conceptos de realidad e invención, enajenación y aventura, dando como resultado una escritura mestiza, una especie de Edmond Jabès en clave policial. Un Beckett pulp. “En la oscuridad hablo el lenguaje de Dios y nadie me oye”. En La ciudad de cristal, el primero de los libros que la integra, Daniel Quinn escribe novelas de misterio que firma como William Wilson. Mientras todos suponen que Quinn ha dejado de escribir, Wilson logra cierto éxito gracias a su personaje de ficción, el detective Max Work. Quinn es un trío en sí mismo, aunque Wilson sólo sea un puente para llegar a Work. El escritor y el detective son intercambiables. Como si no fuera suficiente, William Wilson es un personaje de Edgard Alan Poe, aquel que mataba a su doble perverso condenando su propia existencia. Entonces, una noche cualquiera suena el teléfono. ¿Es usted Paul Auster? No, responde Quinn. Tras una serie de llamados nocturnos, resuelve asumir esa nueva personalidad. No por él, sino para darle el gusto a Work. Ya son cinco en uno. El que llama, dice ser y no ser Peter Stillman. En cualquier caso, está amenazado de muerte y requiere de sus servicios. Su padre, otro Peter Stillman, quiere matarlo. Al verlo, Quinn piensa en su propio hijo muerto que se llamaba Peter. Stillman habla extraño, o mejor dicho, es hablado.

No sólo hay superpoblación en el elenco, cada movimiento, cada avance, es una summa del pensamiento universal. Paul Auster escribe su versión de Babel adueñándose de palabras ajenas, nombres falsos y mitos alterados sobre el mapa de Nueva York, que hiede a hamburguesas y café quemado.

Fantasmas continúa con las reflexiones en torno a la observación, la identidad, la escritura. Las referencias literarias son huellas textuales, reescritura fuera de lugar. La trama es sencilla. El desenlace, oscuro. Hay un cliente, Blanco. Un observador, Azul. Un observado, Negro. En el medio, informes. La descripción objetiva de los hechos. Y el pago en consecuencia. En la vigilancia de Negro, Azul se topa consigo mismo. Observar al otro es observarse. “El otro es un vacío en la textura de las cosas”. La ausencia y el tiempo conspiran contra la tarea.

En La habitación cerrada, Auster recurre a la primera persona. Pero quién es yo. Yo es otro, escribió Rimbaud en sus Cartas del Vidente . “Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente”. La captura del instante es una invitación a la incertidumbre. El yo que narra devora al otro, asume su lugar. La trilogía... es pura distorsión, giros en torno a la locura. Los nombres y los roles se cruzan. La multiplicación es un prisma del clásico doppelgänger : refracta, refleja y descompone. Auster elabora tramas que reivindican la lectura. Si todo libro es evocación, en sus novelas se ocultan Baudelaire, Melville, Hawthorne, Whitman, Cervantes, Gógol, Kafka, Derrida, Blanchot o Hamsun.

Imposible no caer y disfrutar de las heridas.

Fernanda García Lao es narradora, poeta y dramaturga. Acaba de reeditar su novela Muerta de hambre (Emecé), que ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes.

Para leer en Revista Ñ, click en el título.

Arribos de poesía

Recién llegados.
Eterna Cadencia.

Zindo & Gafuri, Edulp, Mansalva, Satori y Anagrama y sus novedades en poesía.


Dejamos cinco novedades de poesía y un poema de cada para que puedan asomarse a los libros. Los "versos como latigazos" de Houellebecq, la carne que llama de García Lao, un nuevo libro de Eduardo Rezzano y sus universos dislocados, el segundo poemario de Fernando Araldi Oesterheld, también por Mansalva, y una antología bilingüe de 70 haikus inéditos de Natsume Sōseki.


Configuración de la última orilla
Michel Houellebecq
Anagrama, 104 páginas

Houellebecq poeta. El libro arranca con un poema breve y demoledor:

«Cuando muere lo más puro
Cualquier gozo se invalida
Queda el pecho como hueco,
Y hay sombras por donde mires.
Basta con unos segundos
Para eliminar un mundo.»

Lo que sigue es igualmente poderoso. Versos como latigazos. Crudos: «los hombres sólo quieren que les coman el rabo», leemos en la sección titulada «memorias de una polla». Meditativos: «Todo lo que no sea puramente afectivo deviene insignificante. Adiós a la razón. Ya no hay cabeza. Sólo corazón.» Punzantes: «Quienes temen morir temen, de igual modo, vivir.» Son poemas rabiosamente contemporáneos: un recorrido por el deseo, el dolor, la enfermedad, el amor, la muerte, la ausencia, la indignación, el erotismo, el asco... Su poesía es una imagen especular de su obra narrativa, y en ella asoma también el escritor radical, obsceno, misógino, cáustico, visceral, provocador. Juega a veces con el verso libre, y otras se somete a la métrica canónica y la rima, pero sus versos están siempre al servicio de una mirada desgarrada, sarcástica e insurrectamente lúcida sobre el mundo que le rodea y sobre sí mismo. En este su quinto poemario –que se suma a los cuatro anteriores, incluidos en el volumen Poesía, también publicado en esta colección– emerge Houellebecq en estado puro, destilado en la brevedad lacerante de unos textos que abordan «la cara B de la existencia».


Nocturna
Eduardo Rezzano
Zindo & Gafuri, 68 páginas

Violeta

La delgada línea
entre la hibernación
y la muerte debe ser
traspasada con el
sigilo de la tortuga

No se trata de si la tortuga
sabe o no sabe
que no hay regreso posible
de tan sutil precipitación

Honremos el sinsentido
de su último gesto
la determinación irresponsable
de escribir con su vida
la obra de arte más
terriblemente pequeña



Sueño de la libélula
Natsume Soseki
Satori, 160 páginas

Sōseki, el celebrado novelista japonés, era un escritor poliédrico: divertido, irónico, nostálgico, introspectivo, surrealista, en definitiva, cambiante. A través de sus haikus se pueden apreciar las múltiples facetas de este autor, cima de la Literatura japonesa moderna. Esta antología ofrecer al lector en español una nueva faceta diferente a la del Sōseki novelista pero igual de brillante que esta.
El haiku es una forma de poesía tradicional japonesa de 17 sílabas organizadas en un esquema de tres versos (5-7-5). No tiene título ni rima pues pretende, con la máxima sencillez, transmitir una apreciación de la realidad espiritualizándola y elevándola por encima de su pequeña trascendencia. El haiku, que ha permanecido durante siglos íntimamente ligado con la cultura tradicional japonesa, actualmente se ha universalizado de tal manera que podemos considerarlo finalmente, patrimonio del ser humano.


Tras estallar
un relámpago, luce
su azul el mar.



Un veneno de sí
Fernando Araldi Oesterheld
Mansalva, 64 páginas

Palabras que parecen surgir de un silencio, el blanco que las rodea y que les da el contorno de versos. Pero no se trata de una alternativa, aunque fuese poética, entre decir y no decir, sino que más bien lo escrito se torna necesario, urgente, es “lo que no se puede dejar ir”, una suerte de presencia que no deja de ausentarse. La poesía de Fernando Araldi Oesterheld tiene entonces un tono de pregunta que se acerca a la plegaria. “¿Para qué seguir naciendo?”, se pregunta. Aunque sea un interrogante imposible, ya que el nacimiento debe ser el acto que nadie puede decidir. ¿A quién se dirige? Quizás a la ausencia de alguien, al retraimiento de algo. Es como un rezo murmurado que se eleva al rango de oda, pero no hay nadie en el cielo que esté escuchando. Sólo está la página, su blanco, y el ritmo de palabras que la oscurecen por instantes, por raptos. Tampoco es posible preguntar para qué seguir escribiendo. En las imágenes que cada puñado de versos hace resplandecer, se contradice a la vez el acto mínimo de manchar de palabras un silencio y se justica de alguna manera. Como diría Mallarmé: qué importa que esos brillos no se dirijan a nadie en particular, de todos modos están ahí, registran el pasaje de cuerpos y de cosas por una película sensible, escrituras de luz. Entre la noche y el blanco, Un veneno de sí prende un fogonazo de intensa vitalidad, sigue naciendo a cada paso. Silvio Mattoni

y siempre no entender
cómo en su cruz la belleza se contiene
de hacer nido entre las sombras



Carnívora
Fernanda García Lao
Edulp, 70 páginas

Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de la lengua. Y en la entrada de ese laboratorio irrumpe esta advertencia: "Leer y escribir para no sentir el cuerpo es una forma de suicidio". El cuerpo, en Carnivora, será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejercito sediento, voraz, animal.

principio de felicidad
las hojas movidas por el viento
cabeza de gato y atrás
alita enervada
o vertical, renga
de vuelo
el cuerpo es un trozo
de carbón
que bombea la muerte
hombre pájaro
en desorden
se paraliza frente a un cielo
ajado
de nubes mamíferas
movimiento simple
de un objeto
más


Para enlazar con el blog de Eterna Cadencia, click en el título.

sábado, agosto 27, 2016

Sharon Olds

FIN

Nos decidimos a abortar, y juntos
nos volvimos asesinos. No cambió nada con
el próximo período: estaba muerta, esa pareja joven
que alguna vez había abrazado la vida.
Mientras lo discutíamos en la cama, el choque
no nos sorprendió. Fuimos a la ventana,
y miramos los autos hechos un acordeón,
las esquirlas de vidrio reluciente,
como si los culpables fuéramos nosotros.
La policía retiró los cuerpos,
ensangrentados como bebés recien nacidos,
por el huequito humeante de la puerta,
los colocó en el césped, y los cubrió con sábanas
que se empaparon en el acto. Sangre
empezó a caer de entre mis piernas
y manchó mis pantuflas. No me moví de ahí,
viendo cómo arrojaban a la figura atada con correas
por la abertura negra de la ambulancia, y cómo
paraban a la otra, la cabeza cubierta con vendajes,
dos manchas en reemplazo de los ojos.
La mañana siguiente me tuve que agachar
una hora en el piso, para limpiar mi sangre,
frotando un trapo húmedo por las manchas brillantes
y traslúcidas, como quien deja la sartén
largo rato en remojo
después de que la fiesta terminó.

viernes, agosto 12, 2016

La biblioteca de los escritores




Este viernes, y los que siguen de agosto, los espero en una hermosa biblioteca pública: La Guido y Spano, Güemes 4601, Palermo.
Voy a hacer algo que me gusta casi tanto como escribir, hablar de libros. Recomendar lecturas. Los espero de 19 a 20.
Gratis, claro. ¡Vénganse! Aprovechemos la juntada para donar algunos ejemplares, ¿no? ¡Se agradece si comparten la movida!

lunes, agosto 08, 2016

Muerta de hambre (fragmento)



Cerca del plato


”Yo no era nada, por lo tanto,
podía permitírmelo todo”
Witold Gombrowicz



1.
He sido gruesa y desgraciada desde que tengo memoria. En mis sueños, sin embargo, llevaba cascabeles o meaba en un frasco, alocadamente.
Me recuerdo corriendo por las praderas inmaculadas de mi infancia siendo infeliz y transpirando. Tenía secretos escondidos detrás del sillón. Cosas inservibles pero frescas. Tijeras y cucharitas de postre. Las pasaba por mi cara siempre acalorada por la furia de ser y pensar como una gorda de treinta y nueve años.
Mis padres se escabullían en fiestas y en viñedos y yo fumaba los restos que dejaba la empleada, en el cenicero de servicio.
El hecho de no tener hermanos me dio la libertad de ser desgraciada sin testigos. Pero observaba con rencor a la familia numerosa que vivía enfrente. Allí ninguno era imprescindible. Si faltaba algún miembro, nadie lo echaba en falta.
En mi caso la presencia era un factor determinante. Mis padres pasaban revista a mis orejas cada mañana.
Los días de mi niñez eran una sucesión de momentos interminables y sin cierre. Todo se alargaba más de lo normal. La noche se recostaba sobre la mañana y juntas caían sobre la tarde sin definir claramente sus límites.
En mi casa había habitaciones donde era de día y otras donde la luna brillaba sobre los mármoles. También los climas eran simultáneos. Mi madre prefería el balcón de invierno y mi padre, la calidez de los cuartos de baño. Yo gozaba de la indefinición templada del salón de juegos.
Después de tomar el jugo de naranjas recién exprimidas, probaba las mermeladas sobre diversos tipos de panes crudos o tostados. Dedicaba horas a la deglución matinal. Un vecino me pasaba a buscar y me trasladaba hasta el colegio. Es un dato importante porque siempre fui a colegios lejanos. Recorríamos media provincia y afortunadamente esperaban mi presencia para comenzar las clases. El vecino era un taxista sin papeles, que siempre lavaba el auto.
Recuerdo mi cuerpo deformado, peleando su libertad contra la tela cuadriculada. Sentía las miradas de desprecio en cuanto descendía del automóvil. Mis compañeros eran altos y rubicundos. Todos con los dientes perfectos y con olor a crema de enjuague.
Sin embargo esas magníficas piezas debían esperar a que la gorda inaugurara la jornada escolar. Siempre tuvimos contactos en el ministerio.
Yo destacaba en gimnasia a pesar de mi tamaño. Era muy resistente. Corredora de fondo. Siempre quedaba segunda porque el primer puesto era rotativo, pero yo no.
Nunca pude saltar el potro por un tema psicológico. Así que cuando se armaba la fila, me iba al baño.
Fui una alumna mediocre. Mis cálculos eran aproximados. No vas a necesitar de las matemáticas, era la frase que repetía la inútil de turno, bajo el delantal blanco.


2.
Tengo la boca llena de hambre. Sin embargo mi cuerpo está demasiado pesado para seguir engullendo. He aumentado varios kilos en los últimos días. No soporto lo nítido de la existencia: mis rollos se confunden con el sillón donde estoy encajada.
La señora que me ayudaba se fue hace miles de postres. Ahora pido todo por teléfono. Creo que soy el primer caso, en esta ciudad de esqueletos vengativos, que se ha fijado un objetivo tan grasiento. Quiero estallar.
Mi cuerpo es mi discurso. Espero que alguien me entienda.


3.
La primera vez que vino la hija del taxista a jugar a mi jardín dijo: ¡Una plaza! Y no volvió a dirigirme la palabra. Estuvo tres horas tirándose por el tobogán y hamacándose con rabia. Ese era mi problema. Demasiado rica para la clase media, demasiado gorda para la clase alta. Pensé en crear un club y puse anuncios que diseñó mi profesor particular que era arquitecto y lampiño. Pero nadie respondió a la convocatoria. Era la única en mi situación. Inmensa en todos los sentidos. Igual me hice presidenta y socia honoraria. El profesor también diseñó mi carné de socia que hasta tenía banda magnética y código de barras. Lloré mucho el día en que se juntaba la comisión directiva. Recién en ese momento me di cuenta de que estaba sola. Quemé el carné, la gorra, los banderines y el póster, junto a los montículos de hojas secas que dejó el jardinero.


4.
Como mi padre trabajaba constantemente, mi madre no lo necesitaba. Faltó a mi nacimiento y creo que tampoco estuvo en mi concepción. Él tenía los ojos verdes, la piel lechosa y los pies planos. Yo sin embargo me parezco al jardinero. Soy oscura.
Mi madre cantaba en el coro de la iglesia y se hacia brushing. Pesaba la mitad que yo. Nadie podía explicarse cómo había logrado parirme. Jamás nos acariciamos ni me dijo nada bueno. Por otra parte en mi casa nunca se personalizó ninguna conversación. Se usaba la elipsis, la sinécdoque o el silencio.
Cuando cumplí siete años me sorprendieron con un triciclo con música que me trajo mi padre de Estados Unidos. Era un aparato inmenso y llamativo que además tenía luces y cable, lo que me obligaba al mismo recorrido inútil para no desenchufarme. Los chicos del barrio se amontonaban en la reja para verme dar vueltas al cantero de magnolias.

martes, agosto 02, 2016

Muerta de hambre, el regreso




“Llega María Bernabé y todo se detiene. El lenguaje se carga, dispara la lectura. Su historia desaforada refleja algo de la nuestra. Reímos y la risa se transforma en algo más. Muerta de hambre crece como una criatura con vida propia en la cabeza del lector. Y ahí queda para siempre, gracias a la escritura iluminada de Fernanda García Lao.”
- Esther Cross

“Muerta de hambre está tramada como una novela digestiva y encuentra en el terreno gastronómico un símbolo fértil de temas tan heterogéneos como las luchas sociales, el erotismo, la locura y la muerte. Su protagonista es una adolescente tardía a quien la vida hizo dura o, más precisamente, gruesa. Y está encerrada en el vicioso círculo de su triángulo existencialista: vive para comer, come para escribir y escribe para vivir. Sus escasos vínculos amorosos o de parentesco están imbuidos de esa metáfora que abarca toda la novela: el vampirismo. Cada personaje tiene el objetivo de devorar a sus contrincantes.”
- Juan Pablo Bertazza

“Nadie como ella para narrar lo absurdo. No hubo, no hay ni habrá otra igual. Fernanda García Lao es la escritora más rara de la literatura argentina.”
- Silvina Friera

lunes, agosto 01, 2016

García Lao: "Después de tanta narrativa tuve la necesidad de volver a la poesía"

TELAM
31/07/2016

Juan Rapacioli


"CARNÍVORA", PRIMER POEMARIO DE FERNANDA GARCÍA LAO, ESTÁ COMPUESTO POR UNA SERIE DE POEMAS QUE SE SUMERGEN EN EL INTERIOR DEL CUERPO PARA VIAJAR, CON INTENSIDAD, HACIA EMOCIONES VIOLENTAS, FORMAS DE LA SEXUALIDAD, SUEÑOS MONSTRUOSOS Y AGUDAS REFLEXIONES SOSTENIDAS POR UNA VOZ QUE SE MIRA A SÍ MISMA PARA VER UN MUNDO EN CONSTANTE TRANSFORMACIÓN.
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"Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de la lengua", dice el escritor Hernán Ronsino en el prólogo al poemario publicado por la Editorial de la Universidad de La Plata. Y, luego, sostiene que en "Carnívora" el cuerpo "será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal".

García Lao (Mendoza, 1966), seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011 como uno de "los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana", es autora de las novelas "Muerta de hambre", "La perfecta otra cosa", "La piel dura", "Vagabundas" y "Fuera de la jaula", así como del libro de cuentos "Cómo usar un cuchillo". Además escribió, con Guillermo Saccomanno, el libro "Amor invertido".

En diálogo con Télam, la escritora habló sobre el origen, la forma y la construcción de su primer poemario. "El cuerpo es el primer mapa que tenemos. A partir de ahí, entendemos el mundo. No es un traje que llevamos puesto. El cerebro, como órgano de entendimiento, está sobrevalorado. Yo me relaciono físicamente con las ideas".

- Télam: ¿Cómo nació este poemario? ¿Hubo un proyecto de libro o los poemas le fueron dando la forma?
- Lao: La verdad es que los principios se me difuminan siempre. Creo recordar que el poema que dio origen a "Carnívora" fue uno que dice "Ahí voy de nuevo/ a sumergirme en ese lago/en el que habita/mi ser intermitente". Es el recuerdo de ese estado lo que tengo. Un estado con escafandra incluida. La escritura como inmersión. No puedo entender la poesía con la cabeza afuera. Después de tanta narrativa tuve la necesidad de volver a la poesía. Que es como volver a uno. Pero no le di entidad hasta que fueron varios poemas. Ya no eran disparos sueltos, se estaba armado una guerra. Yo pólvora, víctima y victimario. Otra cosa absurda que me pasó es que arranqué el libro sin comer carne. Cada tanto, abandono la masticación de mamíferos. Pero me agarró una anemia tremenda. Y tuve que comer. Hacerme cargo de que esas muertes me hacían bien. De que vivimos a costa de otros. Entonces, en un intento frustrado por justificarme, el libro pasó a llamarse "Carnívora por necesidad". Duró poco. Afortunadamente, Facundo Abalo, el editor de Edulp me sugirió regresar al título original.

- T: A través de la lectura, el cuerpo se convierte en una especie de teatro del mundo: un escenario donde se suceden diversas batallas, desde las íntimas hasta las sociales, dando cuenta de la presencia o ausencia de un otro...
- L: El cuerpo es el primer mapa que tenemos. A partir de ahí, entendemos el mundo. No es un traje que llevamos puesto. El cerebro, como órgano de entendimiento, está sobrevalorado. Yo me relaciono físicamente con las ideas. Aparecieron así para mí. Ya de muy chica me había llamado mucho la atención eso de que el Verbo se hizo Carne. ¿Qué es eso? Me parecía una cosa inquietante y oscura. Recuerdo una de mis primeras visitas con el colegio al Museo del Prado. Quedarme paralizada frente a las pinturas negras de Goya. Sobre todo aquella de Saturno devorando a un hijo. Un hijo. Uno cualquiera. Una monstruosidad enmarcada que mis compañeros pasaban de largo. Mi cosmogonía está hecha de cuerpos. Las palabras también. Son como animales hambrientos.

- T: Hay una insistencia: la imagen de la cama como lugar sexual pero también onírico, reflexivo y de transformación continua...
- L: Claro. Desde el parto hasta el foso, es el lugar que más visitamos. Además tengo unos sueños muy brutales, llenos de bichos y experiencias perturbadoras, que sin embargo no considero pesadillas. No me asustan, me completan. Además, te digo, casi todos estos poemas me asaltaron en la cama. Antes o después de dormir. En la mesa de luz tengo mi libretita de atrocidades nocturnas.

- T: ¿Abordás de manera diferente la escritura poética que la narrativa o es parte de un mismo proceso?
- L: Es sutilmente distinto. Yo puedo forzar a la narrativa con mucha naturalidad. Decido cuándo y cómo, puedo corregir varias cosas a la vez. Enseguida la voz de los demás, los ritmos que construyo, las tramas, se hacen tan potentes que casi no me necesitan. Con la poesía no puedo ir tan rápido. Siento que construyo una miniatura que necesita un pulmón, uno diminuto que requiere de todo mi entendimiento. Pero en ambos casos, lo que me guía es la revelación del lenguaje. Es lo que intento hacer, no sé si me sale. Voy contra lo que sé.

- T: ¿Cuál fue tu primer contacto con la poesía? ¿Qué autores te marcaron?
- L: Mi primer contacto debe haber sido en la escuela, en Madrid. En la primaria. De la mano de Góngora y Quevedo. Y claro, mis primeros intentos, a eso de los doce, se debatían entre el exceso de retórica de uno y la irreverencia cómica del otro. O sea, un desastre. Cuando apareció Santa Teresa los desbancó a ambos. Su pulsión erótico mística fue toda una revelación. De ahí salté a Apollinaire, a Baudelaire, a Rimbaud.

- T: ¿Crees que se puede pensar en una función de la poesía?
- L: Sí, claro. Su función es el desvío. Abandonar la calle principal del lenguaje, tan gastada. Y perderse con estrategia.

- T: ¿Qué es lo que te parece que hace a un poema valioso?
- L: Para mí, un poema es como una adivinación. Un acto en los límites del lenguaje. Pero además, tiene que hablarme al oído. Es como una conversación nocturna, el tren en movimiento. Cada tanto ves la luz de las estaciones. Y volvés a la oscuridad.

- T: ¿Qué autores destacás de la poesía contemporánea?
- L: Ted Hughes, Vasko Popa, Joyce Mansour, Mina Loy, Miguel Ángel Bustos. Sí, ya sé. Están muertos. Pero tan vivos, que asustan.

miércoles, julio 27, 2016

Carnívora en estado de gracia



Por Guillermo Saccomanno

Al Poder no le gusta que el arte se conecte con lo político, la escritura con lo político. Es decir, el uno con el todo. Para quien escribe, escriba lo que escriba, lo político está en el lenguaje. En este plano, en el lenguaje, es donde Lao se rebela contra las normas del habla y el discurso público al buscar un sentido en el caos y en lo subterráneo. Tanto en sus ficciones como en su poesía, Lao se rebela contra los modos – mejor dicho “los buenos modales” – que el sistema espera de la poesía, una lírica que consensúe. Brecht dijo que la verdad tiene un tono, que hay que saber cómo encontrarlo. En lo personal – desde qué otro lugar puede hablarse cuando hablamos de poesía -, estoy convencido de que Lao escribe en la noche buscando un tono, una verdad. Diría entonces: la poesía como expresión del ser autodesterrado de la normalidad y también como vidente, interpretando el dolor, el propio y el ajeno y, a la vez, volviendo natural la paradoja, manifestando en la herida la felicidad de la escritura. Me gusta imaginar a quien escribe poesía como exorcista. Pero, ¿se pueden acaso extirpar los monstruos y deformidades del sueño donde se hacen carne? La poesía suele intentarlo. Y este es el caso de Lao con sus percepciones más próximas a la verdad de nosotros que cualquier interpretación psi bien intencionada. Hablo de lo salvaje, lo reprimido.

Al pensar en la antinomia bastante falsa narración/poesía, me pregunto por qué no pensar estas dos escrituras como complementarias. Es aquí donde Lao irrumpe con un gesto infrecuente. Escritora de teatro, escritora de novelas, escritora de cuentos ahora se presenta como escritora de poesía, una poesía que me gusta leer como conjunto de relatos que, en lo profundo, se constituyen como autorretrato y grito. En estos poemas que componen “Carnívora” habitan los integrantes de un zoo onírico en el que conviven desesperaciones, temblores, llagas y coágulos. En efecto, hay que mencionar la sangre, la sangre se siente al leer a Lao. Extremando, diría que escribe con sangre. Su tinta es sangre. Así se lanza a una cacería. Lo que evidencia: la tensión dialéctica carne y espíritu. Leamos lenguaje en vez de espíritu, leamos la búsqueda de esta, a menudo, imposible fusión. Acá surge una violencia que proviene de lo sagrado, la palabra, porque en el hecho poético la palabra se reviste de un orden sagrado. A diferencia de la narrativa – las novelas, los cuentos – donde la palabra cumple un rol utilitario, situar al lector en una convención de lo que es “la realidad”, en la poesía, en cambio, la lengua no se propone como representación sino como revelación. El alumbramiento va en contra del orden establecido, subversión del cuerpo y también de la palabra, encuentro entre uno y otra que socavan el maniqueísmo. Lao se cuenta, cuenta y nos compromete en los escritos de la niña-tiempo, escritos a dentelladas.

Según Girard el sacrificio es a la vez tan santo como criminal. Ya en la tragedia griega el asesinato cumple una función ritual. El carácter sagrado de la víctima, que al ofrecerse asume el asesinato y libra el acto de su carácter penal. En su poesía Lao se inmola y a la vez se mira en el espejo en que la otredad la observa en visiones impiadosas, desquiciadas en un aullido. Porque la poesía hace esto, sustituye con belleza lo horrible de nuestras llamadas partes íntimas, las que no se ven sino en quirófanos y morgues. Pero donde más nos encontramos es en ese silencio abismo de lo que no se pronuncia sino que se alude, un abismo que nos atrae con su lectura, la lectura entendida como complicidad en la violencia ceremonial de los cuerpos que buscan su nombre en el destello de una frase, un giro, un punto. Esta lectura reclama tanto saltar al vacío como complicidad en el salto. Tendremos entonces que asimilar lo animal con lo humano. Y viceversa. Animalizar lo humano, digo. En el zoo, nuestros dobles, somos esa taxonomía. De esto se trata también el sacrificio: eviscerar los sueños. Lao se presenta con una poesía que media entre nosotros y otra cosa que no se nombra pero se conoce y angustia. Si no se la nombra es porque, como en el zen, el insight resulta intraducible. Estamos, ni más ni menos ante la función sagrada de la palabra poética. “Ingresar en la poesía de Lao, en la opinión de Hernán Ronsino, “es ingresar en un “laboratorio de la lengua”. Y también: “El cuerpo, en “Carnívora” será entonces sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal”.

Después de redactar estos apuntes, vuelvo a la lectura de Lao. Leo a Lao una y otra vez. Y me doy cuenta de que me pasa lo que no siempre pasa: en cada lectura ingreso en una zona de misterio donde se empiezan a escuchar voces, todas las voces que puede ser ella. Quiero subrayarlo: el dolor en estado de gracia, una experiencia nocturna.


(Este texto fue parte de la presentación de Carnívora, de Fernanda García Lao, en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata.
El libro fue editado por Facundo Abalo para Edulp. Editorial de la Universidad de La Plata, julio 2016).

domingo, julio 17, 2016

Bucear sin agua

RADAR
PÁGINA12
Domingo

Fernanda García Lao

Si lo primero fue la palabra, la Historia comenzó tardísimo. Los gruñidos anteriores quedaron afuera. Hubo que esperar a que se nos acomodara el hocico para decir algo y que ese algo fuera imitable, repetible y se contagiara al resto. Hubo que saber modular y hacer figuras con la lengua. La sutileza era imprescindible, si se abría mucho la boca la palabra no se hacía. Mejor retener el aire y soltarlo con cuentagotas que eructar un chillido.

Y el silencio, qué. ¿Acaso no sirve? Los animales mudos a simple vista, como los insectos, salvo ruidosas excepciones, no fueron tomados en cuenta. ¿O son derivaciones del lenguaje? Qué fue primero, ¿la hormiga, o la palabra que la nombra?

Para Burroughs, la palabra hablada no bastaba. Nos hacía falta la escritura. Ese virus, según él, que albergamos como un parásito en nuestra células con tanto éxito que pensamos que es parte de nosotros. Siguiendo su lógica, los analfabetos son gente sana. Que no ha sido contagiada o ha derrotado a la palabra escrita. ¿Con qué? De oralidad también se vive.

Lo que no se cuenta no existe, sugieren algunos. Pero Dios, su palabra, es contado a pesar de lo monumental de su ausencia. Siglos hablando de alguien que no está. Un borrado. ¿Creador arrepentido? El mundo no tiene autor a la vista. Es un anónimo.

Entonces, apareció la literatura. Para decir lo que no es. Inventa espejismos pero lo hace recurriendo a la verosimilitud. Usa la verdad como trampolín para saltar hacia otro lado. Y no se conforma con crear historias, se propone interferir en las ideas. Hacer palabras. Imponer lo que no existe con la potencia del que sí está. La literatura le quiebra la mano a Dios.

La quijotada irrumpe en el mundo a partir del siglo XVI. ¿Cómo se decía antes? De Sade, sadismo. De Von Sacher-Masoch, masoquismo. Balzac populariza un modo de contar. La verdad en entregas. A mediados del XIX, Flaubert inventa el bovarismo, ese estado de insatisfacción crónica, no sólo femenino, derivado de la disparidad entre las aspiraciones personales y la realidad. El fondo del mar lleva la firma de Julio Verne y la imagen que tenemos de Marte es una creación de Ray Bradbury. Más acá, los mataderos son de Echeverría y los locos, de Arlt.

Me digo que el autor no importa, que la humanidad devora ese tipo de dioses hasta aniquilarlos y hacerlos invisibles, una generación tras otra. El autor se convierte en perversión, o su personaje en fenómeno. El mundo se acomoda rápido. No hay que leer a Sade para entender el sadismo.

Según Shelley, citado por Borges, todos los poemas son un solo poema infinito que los poetas y el tiempo escriben en fragmentos. Sin embargo, todos queremos firmar nuestra parte. Que quede constancia de nuestro nombre. ¿Será que pretendemos un mercado o algunos fieles, aunque seamos profanos y la profanación, base de nuestra naturaleza?

Y qué pasa con la palabra mal escrita en estos tiempos de ferocidad virtual. Como apunta Nicolas Bourriaud “Si la autopista permite efectivamente viajar más rápido y con eficacia, también tiene como defecto transformar a sus usuarios en meros consumidores de kilómetros y de sus productos derivados”. Somos gente sin tiempo. La aceleración también licua las palabras. La humanidad escribe con apuro en soportes descartables. Nunca se escribió tanto y tan mal. Pero si el arte es diálogo, de qué hablamos cuando escribimos a medias. ¿La sintaxis tiene dueño?

A pesar del apuro, o a partir de él, hay necesidad de decir. Y más escritores que lectores. A nadie se le niega una novela. Prolifera el deseo de verse por escrito, como si la edición fuera una prueba de nuestra existencia. Pero Harold Bloom nos advierte: toda escritura es una reescritura. La sombra de la palabra se proyecta desde el principio y quien la usa no es más que una ruta por la que ella se traslada.

Después del intento de virtualizar la literatura, el mercado está reconociendo su fracaso. Contra la masticación acelerada, los lectores, especímenes en vías de extinción, seguimos prefiriendo el papel. Y los escritores también. Somos consumistas de objetos. A la palabra escrita, pero sin cuerpo tangible, pareciera que se la lleva el viento. Los libros, como el sexo, tienen olor. No es lo mismo ver porno por internet que practicarlo.

Hace una semana, un remisero me preguntó a qué me dedicaba. Escribo, respondí. Qué. Ficción. Para qué. No sé, le dije, tal vez porque no entiendo. ¿Y escribiendo entendés? No, pero hago el intento. Es como practicar buceo sin agua. El tipo corrigió el espejo retrovisor para enfocarme. Ah, una locura, me dijo. Sí, le respondí. Una locura, pero con sistema. El tipo tragó saliva. Qué pena que ya nadie lea, ¿no? ¿Te molesta si pongo la radio?

martes, julio 12, 2016

Carnívora en La Plata

El CRONISTA
CARTELERA 11.07.16 | 06:50
Fernanda García Lao desata su poesía voraz en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata




La reconocida escritora presentará su nuevo libro de poesía "Carnívora" (Edulp) el próximo jueves 14 de julio a las 19:00 hs.
En un marco único, entre animales embalsamados y restos fósiles que forman parte del mítico Museo de Ciencias Naturales, la escritora Fernanda García Lao, en conjunto con la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, presentarán "Carnívora", su primera obra poética, que forma parte de la colección Ficción de la Editorial en la Serie Poesía.
La presentación comenzará a partir de las 19:00 en el Museo (Paseo del Bosque s/n) y estará a cargo del reconocido escritor, Premio Nacional de Literatura, Guillermo Saccomanno. La entrada será libre y gratuita.
El evento cuenta con la particularidad de ser la primera vez que la Editorial de la Universidad de La Plata, realiza una presentación de un libro en el Museo ubicado en pleno bosque platense. Además de este primer evento, el libro también contará con una segunda presentación en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el mes de agosto.

Sobre el libro, por Hernan Ronsino:

"Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de lengua. Y en la entrada de ese laboratorio irrumpe esta advertencia: Leer y escribir para no sentir el cuerpo es una forma de suicidio. El cuerpo, en Carnívora, será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal.
El cuerpo tomado por la palabra más desnuda. Un poema no es otra cosa que los restos de un náufrago: "a la deriva/ con la serenidad del que se hunde"

Sobre el libro, Antoni Casas Ros:

"Hay en Carnívora un salvajismo galáctico, los cuerpos de las palabras que chocan en combate en el espacio interior del lenguaje. Quedan sólo el nervio y la carne, la intensidad erótica. Suponemos que muchas palabras están muertas. Y las que quedan dan testimonio de esa batalla interior. Filtrando esas lavas se crea el juego de colores, una vivacidad vegetal percibida con una invitación a lanzarse a la sombra, al caos y su magma fértil para descubrir allí sus gemas…"

Sobre la autora:

Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011 como uno de "Los Secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana".
Vivió en España desde 1976 hasta 1993. Es escritora, dramaturga y poeta. Publicó las novelas Muerta de hambre (1º Premio del Fondo Nacional de las Artes). La Perfecta otra cosa (3º Premio Cortázar). La piel dura, Vagabundas y Fuera de la jaula. Así como el libro de cuentos Cómo usar un cuchillo. En 2015, publicó Amor invertido en coautoría con Guillermo Saccomanno. Escribió para distintas publicaciones a ambos lados del océano (Babelia, Revista Quimera, Letraslibres, El Buensalvaje, Página/12, Revista Ñ).
Algunos de sus textos han sido traducidos al inglés, al francés, al portugués, al sueco y al griego para revistas digitales y en papel. Ha publicado en Francia, México y próximamente en Costa Rica.